JUAN PABLO II, EL PAPA DE LA FAMILIA Y DE LA VIDA. 7/11

7. Santidad de la vida humana
Stanislaw Dziwisz
Mirando a Juan Pablo II he podido descubrir que tenía una gran facilidad para unir a mucha gente de buena voluntad en tomo al Evangelio de la vida. Así fue también durante su estancia en Cracovia. Tuvo siempre mucho interés en que trabajaran, junto a los teólogos, médicos y personal médico, maestros y educadores, autoridades locales y diferentes organismos. Por este mismo motivo siempre aceptaba las buenas ideas que se le proponían. Por ejemplo: el Año de la familia, el Año del Niño, la Carta de los Derechos de la Familia. Igualmente muchos Simposios, reuniones y distintas iniciativas en el campo del derecho normativo.
Concretamente, su trabajo pastoral fue muy estimado en el mundo de la medicina. Sistemáticamente organizaba encuentros formativos para médicos. Les transmitía sobre todo la convicción de que su profesión es una verdadera misión. Gracias a lo cual muchos especialistas en medicina adquirían una motivación más para darse cuenta de su papel especial en la Iglesia, consistente en mantenerse alerta para defender la vida. Igualmente consiguió extender la conciencia y la convicción de que el verdadero médico no puede dejar de estar unido a la Iglesia defendiendo la santidad de la vida desde su concepción hasta su natural fin.
Para Juan Pablo II la familia es -según su forma de decir- «el Santuario de la vida». La persona, en esta primera célula de la sociedad existe por sí misma, es querida, es «alguien». El hijo, fruto de la cooperación de los padres con el Creador, siempre es recibido en esta comunidad de personas, communio personarum. La Paternidad, por tanto, tiene su modelo original en la Communio Personarum Divina en la Santísima Trinidad. Esta visión de las relaciones entre el hombre y la mujer, permitió al Papa reflexionar siempre desde el punto de vista Divino y contemplar así la vida en común de la pareja, sus relaciones sexuales, la maternidad y paternidad, nacimiento y educación de la prole.
¿Qué más podría añadir? La gente descubría enseguida el gran corazón de Juan Pablo II. Todos querían acercarse a él. Incluso los grandes dignatarios de las distintas naciones eran muy bien recibidos junto con sus familias. Los niños, casi instintivamente, eran los primeros en descubrir su corazón paternal, abierto y magnánimo.

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