JUAN PABLO II Y LA VIRGEN.

Por todos es conocido el gran amor de Juan Pablo II por la Virgen, por eso eligió como lema de su pontificado «Totus tuus», «Todo tuyo, María». Y si algo dejó claro a lo largo de su vida es que la Virgen María es el camino más corto entre la tierra y el cielo.
Estas son algunas palabras del propio Juan Pablo II en sus memorias ¡Levantaos! ¡Vamos! donde habla del papel de la Virgen de Czestochowa en la historia de su Polonia natal:
(…) Czestochowa es un sitio especial para los polacos. En cierto sentido se identifica con Polonia y con su historia, sobre todo con la historia de las luchas por la independencia nacional. Aquí se encuentra el santuario de la nación, llamado Jasna Góra. Clarus mons, Claromonte: este nombre, que se refiere a la luz que disipa las tinieblas, adquirió un significado particular para los polacos que vivieron en los tiempos sombríos de las guerras, de los desmembramientos territoriales y de las ocupaciones.
Todos sabían que la fuente de esta luz de esperanza era la presencia de María en su milagrosa imagen. Así sucedió, quizá por primera vez, durante la invasión de los suecos, que pasó a la historia con el apelativo de diluvio; en aquellas circunstancias -algo significativo- el santuario se convirtió en una fortaleza que el invasor no logró conquistar. La nación consideró este hecho como una promesa de victoria.
La fe en la protección de María dio a los polacos la fuerza para derrotar al invasor. Desde entonces, el santuario de Jasna Góra se ha convertido en cierto sentido en el baluarte de la fe, del espíritu, de la cultura y de todo lo que determina la identidad nacional.
Así ocurrió especialmente durante el largo período en que se perdió la soberanía del Estado y su territorio quedó desgajado. A esto se refería Pío XII durante la Segunda Guerra Mundial, cuando afirmaba: Polonia no ha desaparecido y no desaparecerá. Porque Polonia cree, Polonia reza, Polonia tiene Jasna Góra. Gracias a Dios esas palabras se cumplieron.
Sin embargo, más tarde hubo otro período oscuro en nuestra historia, el de la dominación comunista. Las autoridades del partido eran conscientes de lo que significaban para los polacos Jasna Góra, la Imagen milagrosa y la ferviente devoción mariana que había en su entorno desde los inicios. Por eso, cuando por iniciativa del episcopado, y especialmente del cardenal Stefan Wyszyñski, salió de Czstochowa la peregrinación de la Imagen de la Virgen Negra para visitar todas las parroquias y comunidades de Polonia, las autoridades comunistas hicieron todo lo posible para impedir esta visita.
Cuando la Imagen fue arrestada, por la policía, la peregrinación continuo con el marco vacío, y su mensaje se hizo más elocuente aún. En aquel marco sin imagen se podía leer una señal muda de la falta de libertad religiosa. La nación sabía que tenía derecho a ella y rezó aún más para obtenerla. Aquella peregrinación duro casi veinticinco años y produjo entre los polacos un extraordinario fortalecimiento en la fe, en la esperanza y en la caridad.
Todos los polacos creyentes van en peregrinación a Czstochowa. Yo también iba allí desde pequeño para participar en una u otra peregrinación. En 1936 hubo una muy grande de la juventud universitaria de toda Polonia, que concluyo con el solemne juramento ante la Imagen. Luego se ha repetido cada año.
Durante la ocupación nazi hice aquella peregrinación cuando era ya estudiante de literatura polaca en la facultad de Filosofía de la Universidad Jagellónica. Lo recuerdo de manera especial, porque para mantener la tradición fuimos a Czstochowa, como delegados, Tadeusz Ulewicz, yo y una tercera persona. Jasna Góra estaba rodeada por el ejército hitleriano. Los Padres Eremitas de San Pablo nos ofrecieron hospitalidad. Sabían que éramos una delegación. Todo permaneció en secreto. Tuvimos así la satisfacción de haber conseguido mantener, a pesar de todo, aquella tradición (…)
Y añade, sobre Méjico y la Virgen de Guadalupe:
«Quizá de aquellas peregrinaciones a Jasna Góra nació el deseo de que los primeros pasos de mi peregrinar como Papa se dirigiesen a un santuario mariano. Este deseo me llevó, en el primer viaje apostólico a México, a los pies de la Virgen de Guadalupe. En el amor que tienen los mexicanos y en general los habitantes de América Central y del Sur por la Virgen de Guadalupe -amor que se expresa de modo espontáneo y emotivo, pero muy intenso y profundo- hay numerosas analogías con la devoción mariana polaca, que fraguó también mi espiritualidad. Afectuosamente llaman a María la Virgen Morenita, nombre que puede ser traducido libremente como, Virgen Negra. Hay allí un canto popular muy conocido que habla del amor de un muchacho por una muchacha; los mexicanos refieren este canto a Nuestra Señora. En mis oídos resuenan siempre estas melodiosas palabras:
Conocí a una linda Morenita… y la quise mucho. Por las tardes iba yo enamorado y cariñoso a verla. Al contemplar sus ojos, mi pasión crecía. Ay Morena, Morenita mía, no te olvidaré. Hay un Amor muy grande que existe entre los dos, entre los dos…»
Fuente: BLOG Quartier Latin

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