ORAR A DIOS PADRE. PAPA FRANCISCO

No hay necesidad de derrochar tantas palabras para rezar: el Señor sabe lo que queremos decirle. Lo importante es queN la primera palabra de nuestra oración sea «Padre». Es el consejo de Jesús a los apóstoles lo que relanzó el Papa Francisco el jueves 20 de junio, por la mañana, durante la misa presidida en la capilla de la Domus Sanctae Marthae, concelebrada, entre otros, por el cardenal Zenon Grocholewski, prefecto de la Congregación para la educación católica, quien acompañaba a un grupo de colaboradores del dicasterio.
 El Pontífice repitió las recomendaciones de Jesús en el momento que enseñó el Padrenuestro a los apóstoles, según el relato del evangelista Mateo (6, 7-15). Para rezar —dijo en sustancia el Papa— no hay necesidad de hacer ruido ni creer que es mejor derrochar muchas palabras. No podemos confiarnos al ruido, al alboroto de la mundanidad individuado por Jesús en el «tocar la tromba» o en «ese hacerse ver el día de ayuno». Para rezar —repitió— no es necesario el ruido de la vanidad: Jesús dijo que esto es un comportamiento propio de los paganos.

El Papa Francisco fue más allá, afirmando que la oración no se ha de considerar como una fórmula mágica: «La oración no es algo mágico; no se hace magia con la oración». Relatando su experiencia personal, como hace con frecuencia, dijo que nunca se dirigió a quienes que prometen magias, pero sí ha sabido lo que sucede en este tipo de encuentros: se derrochan muchas palabras para obtener «ahora la curación, ahora otra cosa», con la ayuda de la magia. Pero —advirtió— «esto es pagano».
Entonces, ¿cómo se debe orar? Jesús nos lo enseñó: «Dice que el Padre que está en el cielo “sabe lo que necesitáis, antes incluso de que se lo pidáis”». Por lo tanto, la primera palabra debe ser «“Padre”. Esta es la clave de la oración. Sin decir, sin sentir, esta palabra no se puede rezar», explicó el Obispo de Roma. Y se preguntó: «¿A quién rezo? ¿Al Dios omnipotente? Está demasiado lejos. Esto yo no lo siento, Jesús tampoco lo sentía. ¿A quién rezo? ¿Al Dios cósmico? Un poco común en estos días, ¿no? Rezar al Dios cósmico. Esta modalidad politeísta que llega con una cultura superficial».Es necesario, en cambio, «orar al Padre», a Aquél que nos ha generado. Pero no sólo: es necesario rezar al Padre «nuestro», es decir, no al Padre de un genérico o demasiado anónimo «todos», sino a Aquél «que te ha generado, que te ha dado la vida, a ti, a mí», como persona individual, explicó el Pontífice.

 Es el Padre «que te acompaña en tu camino», quien «conoce toda tu vida, toda»; quien sabe lo que «es bueno y lo que no es tan bueno. Conoce todo». Pero esto no basta —precisó—: «Si no comenzamos la oración con esta palabra no pronunciada por los labios, sino dicha por el corazón, no podemos rezar como cristianos».
Para explicar todavía mejor el sentido de la palabra «Padre» el Pontífice volvió a proponer la actitud confiada con la que Isaac —«este muchacho de veintidós años no era un tonto», subrayó el Papa Francisco— se dirige al padre cuando se da cuenta de que no estaba el cordero para sacrificar y nace en él la sospecha de que él mismo era la víctima sacrificial: «Debía hacer la pregunta, y la Biblia nos dice que dijo: “Padre, falta el cordero”. Pero se fió de quien estaba a junto a él. Era su padre. Su preocupación: “¿tal vez soy la oveja?”,  la arrojó en el corazón de su padre».
Es lo que sucede también en la parábola del hijo que despilfarra la herencia «pero luego regresa a casa y dice: “Padre, he pecado”. Es la clave de toda oración: sentirse amados por un padre»; y nosotros tenemos «un Padre, muy cercano, que nos abraza» y a quien podemos confiarle todas nuestras preocupaciones porque «Él sabe lo que necesitamos».

 Pero, ¿es «un padre solamente mío?» —se preguntó una vez más el Pontífice—. Y respondió: «No, es el Padre nuestro, porque yo no soy hijo único. Ninguno de nosotros lo es. Si no puedo ser hermano, difícilmente puedo llegar a ser hijo de este Padre, porque es un Padre, con certeza, mío, pero también de los demás, de mis hermanos». Por ello —prosiguió— se deduce que «si yo no estoy en paz con mis hermanos, no puedo decirle Padre a Él. Y así se explica lo que dice inmediatamente Jesús, después enseñarnos el Padrenuestro: “Si vosotros perdonáis las culpas a los demás, vuestro Padre que está en los cielos os perdonará también a vosotros; pero si vosotros no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas».

 Entra en juego, por lo tanto, el perdón. Pero «es muy difícil perdonar a los demás», repitió el  Santo Padre. Es difícil de verdad, porque siempre llevamos dentro el dolor por lo que nos han hecho, por el mal recibido. No se puede rezar conservando en el corazón rencor hacia los enemigos. «Esto es difícil —subrayó el Pontífice—. Sí, es difícil, no es fácil». Pero —concluyó— «Jesús nos prometió el Espíritu Santo. Es Él quien nos enseña desde dentro, desde el corazón, cómo decir “Padre” y cómo decir “nuestro”», y cómo decirlo: «construyendo la paz con todos  nuestros enemigos»

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