PADRE, QUE TODOS SEAN UNO PARA QUE EL MUNDO CREA.

Puede ser que alguien se haya preguntado por la atención que desde nuestro blog de Pastoral Familiar, le hemos dedicado a la Semana de Oración por la unidad de los cristianos, por un lado está nuestra pasión por el ecumenismo que es algo natural en nuestra familia, que por la espiritualidad de la unidad que compartimos, vivimos con gran intensidad. Y aunque es algo por lo vivimos y oramos durante todo el año, en esta semana lo hacemos de forma especial. Pedimos la conversión del corazón, ver al otro como un hermano y pasar de la tolerancia al diálogo, es necesaria una espiritualidad de comunión que haga posible la unidad.
Por otro lado, cuantas veces hemos hablado del espíritu de familia que queremos llevar desde el blog de Pastoral Familiar a cada rincón de nuestra Granada, de lo enamorados que estamos de la familia, del deseo de trabajar por la fraternidad, de sentirnos una única familia de hermanos sin distinción de naciones, razas, religiones, donde la única cultura que se viva sea la del amor y el servicio, en definitiva la regla de oro “haz a los demás lo que quieres que te hagan a ti”

Con palabras de Chiara Lubich: “Un día, para protegernos de la guerra, nos encontramos en un refugio y a la luz de una vela abrimos el Evangelio. Era la solemne página de la oración de Jesús antes de morir: «Padre, que todos sean uno». Tuvimos la impresión de comprenderla, aunque es difícil, pero sobre todo nos quedó la neta sensación de que nosotras habíamos nacido para aquellas palabras, para la unidad, para contribuir a realizarla en el mundo.
El mandamiento nuevo, que nos esforzábamos en mantener siempre vivo entre nosotras, realizaba precisamente la unidad. Y la unidad es portadora de una realidad extraordinaria, excepcional, divina, del mismo Jesús: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre (es decir, en su amor), yo estoy en medio de ellos». Donde está la unidad está Jesús. Alegría, luz, paz. Y porque estaba Jesús, porque vivía entre nosotras y en nosotras, no se podía dejar de advertir su presencia. Se advertía una alegría que no se había probado nunca, se experimentaba una paz nueva, un nuevo ardor; una luz iluminaba y guiaba el alma… Y, porque estábamos unidos y Jesús estaba entre nosotros, el mundo a nuestro alrededor se convertía. «Que sean uno para que el mundo crea», había dicho Jesús. He aquí que muchas personas volvían a Dios, muchos otros descubrían a Dios por primera vez”.

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