PALABRA DE VIDA, ABRIL 2014

«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros» (Jn 13,34).

Querrás saber cuándo dijo Jesús estas palabras. Pues bien, habló así antes de iniciar su pasión. Fue entonces cuando pronunció un discurso de despedida que constituye su testamento, del que estas palabras forman parte. Conque ¡fíjate si son importantes! Si lo que dice un padre antes de morir es algo que nunca se olvida, ¿qué ocurrirá con las palabras de un Dios? Así pues, tómatelas muy en serio y tratemos juntos de entenderlas profundamente.
«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros».
Jesús se dispone a morir, y todo lo que dice refleja este próximo evento. En efecto, su marcha inminente requiere ante todo resolver un problema. ¿Cómo puede Él permanecer entre los suyos para poner en marcha la Iglesia?
Ya sabes que Jesús está presente, por ejemplo, en los actos sacramentales: en la Eucaristía de la misa Él se hace presente. Pues bien, también donde se vive el amor mutuo está presente Jesús, pues Él dijo: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre (y esto es posible mediante el amor recíproco), allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20). O sea, en una comunidad cuya vida profunda es el amor recíproco, Él puede permanecer eficazmente presente. Y a través de la comunidad puede seguir revelándose al mundo, puede continuar influyendo en el mundo.
¿No te parece espléndido? ¿No te dan ganas de vivir inmediatamente este amor junto con los demás cristianos, tus prójimos?
Juan, que relata las palabras que estamos meditando, ve en el amor recíproco el mandamiento por excelencia de la Iglesia, cuya vocación es precisamente ser comunión, ser unidad.
«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros».
Jesús dice justo después: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13, 35). De modo que si quieres buscar la verdadera marca de autenticidad de los discípulos de Cristo, si quieres conocer su distintivo, debes detectarlo en el amor recíproco puesto en práctica. Los cristianos se reconocen por este signo. Y si éste falta, el mundo dejará de descubrir a Jesús en la Iglesia.
«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros».
El amor recíproco crea la unidad. Y ¿qué es lo que obra la unidad? «Que sean uno… para que el mundo crea» (Jn 17,21), sigue diciendo Jesús. La unidad, que revela la presencia de Cristo, arrastra al mundo detrás de Él. Ante la unidad, ante el amor recíproco, el mundo cree en Él.
«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros».
En este mismo discurso de despedida, Jesús llama suyo a este mandamiento.
Es suyo, y como tal le importa especialmente.
No debes entenderlo simplemente como una norma, una regla o un mandamiento como los demás. Aquí Jesús quiere revelarte un modo de vivir, quiere decirte cómo plantear tu existencia. En efecto, los primeros cristianos ponían este mandamiento como base de sus vidas. Decía Pedro: «Ante todo, mantened un amor intenso entre vosotros» (1 P 4, 8). Antes de trabajar, antes de estudiar, antes de ir a misa, antes de cualquier actividad, comprueba si reina el amor mutuo entre tú y quien vive contigo. Si es así, sobre esta base todo tiene valor. Sin este fundamento, nada es agradable a Dios.
«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros».
Jesús te dice además que este mandamiento es nuevo. «Os doy un mandamiento nuevo». ¿Qué quiere decir? ¿Tal vez que este mandamiento no era conocido?
No. Nuevo significa hecho para los tiempos nuevos. Entonces ¿de qué se trata?
Mira: Jesús murió por nosotros. Es decir, nos amó hasta la medida extrema. Y ¿qué tipo de amor era? Ciertamente no como el nuestro. Su amor era divino. Él dice: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo» (Jn 15,9). Es decir, nos amó con el mismo amor con que se aman el Padre y Él. Y con ese mismo amor debemos amarnos mutuamente para poner en práctica el mandamiento nuevo.
Ahora bien, semejante amor, tú, hombre o mujer, no lo tienes. Pero alégrate, porque lo recibes como cristiano. Y ¿quién te lo da? El Espíritu Santo lo infunde en tu corazón y en el corazón de todos los que creen.

De modo que hay una afinidad entre el Padre, el Hijo y nosotros, los cristianos, gracias al mismo amor divino que poseemos. Este amor nos introduce en la Trinidad. Y es este amor el que nos hace hijos de Dios.

Por este amor, el cielo y la tierra están conectados como por una gran corriente. Por este amor, la comunidad cristiana es elevada a la esfera de Dios y la realidad divina vive en la tierra donde los creyentes se aman.
¿No te parece divinamente bello todo esto y extraordinariamente fascinante la vida cristiana?
Chiara Lubich

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