PALABRA DE VIDA DE AGOSTO DE 2012

«Todo aquel que se declare a favor mío delante de los demás, yo también me declararé a favor suyo delante de mi Padre que está en los cielos. Y, al contrario, si alguien me niega delante de los demás, yo también lo negaré a él delante de mi Padre que está en los cielos» (Mt 10, 32-33).

Esta es una palabra que nos da un gran consuelo y nos sirve de estímulo a todos los cristianos.
Con ella, Jesús nos exhorta a vivir con coherencia nuestra fe en Él, ya que nuestro destino eterno depende de la actitud que tengamos con Él durante nuestra vida en la tierra. Si lo hemos reconocido -dice- ante los hombres, le daremos motivos para que nos reconozca ante su Padre; si, por el contrario, lo hemos negado ante los hombres, Él también nos negará ante el Padre.
«Todo aquel que se declare a favor mío delante de los demás, yo también me declararé a favor suyo delante de mi Padre que está en los cielos. Y, al contrario, si alguien me niega delante de los demás, yo también lo negaré a él delante de mi Padre que está en los cielos».
Jesús hace referencia al premio o al castigo que nos esperan después de esta vida, porque nos ama. Él sabe, como dice un Padre de la Iglesia, que a veces el temor a un castigo es más eficaz que una bonita promesa. Por esto alienta en nosotros la esperanza de la felicidad sin fin y, al mismo tiempo, suscita en nosotros el temor a la condena, con tal de salvarnos.
Lo que le interesa es que lleguemos a vivir con Dios para siempre. Por otra parte, es lo único que cuenta; es el fin por el que se nos ha dado la existencia: en efecto, sólo con Él alcanzaremos la completa realización de nosotros mismos y la satisfacción de todas nuestras aspiraciones. Por esto Jesús nos exhorta a «reconocerlo» ya desde aquí abajo. Si en cambio, durante esta vida no queremos tener nada que ver con Él, si ahora lo negamos, cuando tengamos que pasar a la otra vida nos encontraremos separados de Él para siempre.
«Todo aquel que se declare a favor mío delante de los demás, yo también me declararé a favor suyo delante de mi Padre que está en los cielos. Y, al contrario, si alguien me niega delante de los demás, yo también lo negaré a él delante de mi Padre que está en los cielos».
¿Cómo sacar provecho de esta advertencia hecha por Jesús? ¿Cómo vivir esta Palabra suya?
Él mismo dice: «Todo aquel que se declare… «. Decidámonos, entonces, a reconocerlo ante los hombres con sencillez y franqueza.
Venzamos el respeto humano. Salgamos de la mediocridad y del compromiso que quitan autenticidad a nuestra vida también como cristianos.
Recordemos que estamos llamados a dar testimonio de Cristo: Él quiere llegar a todos los hombres con su mensaje de paz, de justicia, de amor, a través de nosotros.
Demos testimonio de Él allí donde nos encontremos por motivos de familia, de trabajo, de amistad, de estudio, o por distintas circunstancias de la vida.
Demos este testimonio antes que nada con nuestro comportamiento, con la honestidad de nuestra vida, con la pureza de costumbres, con el desapego del dinero, participando en las alegrías y en los sufrimientos de los demás.
Démoslo de manera especial con nuestro amor recíproco, con nuestra unidad, de forma que la paz y la alegría pura, prometidas por Jesús a quien está unido a Él, inunden nuestra alma ya desde aquí y se desborden sobre los demás.
Y al que nos pregunte por qué nos comportamos así, por qué estamos tan serenos incluso en un mundo tan atormentado, respondamos sin miedo, con humildad y serenidad, las palabras que el Espíritu Santo nos sugiera, dando así testimonio de Cristo con la palabra, también en el plano de las ideas.
Entonces, quizás, muchos de los que lo buscan podrán encontrarlo. Puede ser que otras veces se nos entienda mal, se nos contradiga, podremos ser objeto de escarnio, quizás de aversión o persecución. Jesús también nos ha advertido: «Como me han perseguido a mí, os perseguirán a vosotros también» (Jn 15, 20).
Todavía estamos en buen camino. Por eso, continuemos dando testimonio de Él con valor, incluso en medio de pruebas, incluso con nuestra vida. La meta que nos espera lo merece: es el Cielo, donde Jesús, a quien amamos, nos reconocerá ante su Padre por toda la eternidad.
Chiara Lubich 

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