PALABRA DE VIDA DE JUNIO DE 2009

SIN MI NO PODEIS HACER NADA
«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mi no podéis hacer nada´» (Jn 15, 5)
¿Te imaginas un sarmiento separado de la vid? No tiene porvenir ni esperanza alguna, no tiene vitalidad y sólo le queda secarse y ser quemado.

Piensa en la muerte espiritual a la que estás destinado, como cristiano, si no permaneces unido a Cristo. ¡Da miedo! Es la esterilidad completa, aunque estés ocupado de la mañana a la noche, aunque creas que eres útil a la humanidad, aunque los amigos te alaben, aunque aumenten tus riquezas, aunque te sacrifiques mucho. Puede que todo esto tenga sentido para ti aquí en la tierra, pero no tiene ningún significado para Cristo y para la eternidad. Y es esa la vida que más importa.

«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada»
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¿Cómo puedes permanecer tú en Cristo y Cristo en ti? ¿Cómo puedes ser un sarmiento verde y frondoso que está unido a la vid?
Ante todo hace falta que creas en Cristo. Pero eso no basta. Tu fe debe influir en la realización concreta de tu vida. Es decir, debes vivir de acuerdo con esta fe y poner en práctica las palabras de Jesús.
Por tanto, no puedes descuidar los medios divinos que Cristo te ha dejado, mediante los cuáles obtienes o adquieres de nuevo la unidad con Él, cuando se hubiese roto.
Y, además, Cristo no te sentirá bien unido a Él si no te esfuerzas por estar injertado en tu comunidad eclesial, en tu Iglesia local.

«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada».
«El que permanece en mí y yo en él».

¿Te das cuenta de que Cristo habla de tu unidad con Él, pero también de su unidad contigo? Si tú estás unido a Él, Él está en ti, está en lo más íntimo de tu corazón. De aquí nace una relación y un coloquio de amor recíproco, una colaboración entre Jesús y tú que eres discípulo suyo.
Y la consecuencia es ésta: das mucho fruto, exactamente igual que un sarmiento bien unido a la vid da racimos sabrosos.

«Mucho fruto» significa que estarás dotado de una verdadera fecundidad apostólica, es decir, de la capacidad de abrir los ojos de muchos a las palabras únicas y revolucionarias de Cristo, y podrás darles la fuerza para seguirlas.
«Mucho fruto» significa también que sabrás suscitar, o incluso construir, obras pequeñas o grandes, para aliviar las más variadas necesidades del mundo, según los carismas que Dios te ha dado.
«Mucho fruto» significa «mucho» no «poco». Y esto quiere decir que sabrás llevar a la humanidad que te rodea una corriente de bondad, de comunión y de amor recíproco.
«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada».
Por otra parte, «mucho fruto» no significa sólo el bien espiritual y material de los demás, sino también el tuyo.
También el crecer interiormente y el santificarte personalmente depende de tu unión con Cristo.
Santificarte. Quizá esta palabra en los tiempos que corren te parezca un anacronismo algo inútil o una utopía.
No es así, el tiempo actual pasa, y con él las visiones parciales, erróneas y contingentes. Sólo queda la verdad. Hace dos mil años, Pablo, el apóstol, decía claramente que para todos los cristianos es voluntad de Dios la santificación. Santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia, está segura de que cualquiera, incluso el hombre de la calle, puede llegar a la más alta contemplación. El Concilio Vaticano II dice que todo el pueblo de Dios está llamado a la santidad.
Y éstas sí que son voces seguras.
Por tanto, trata de recoger en tu vida también el «mucho fruto» de la santificación, que sólo será posible si estás unido a Cristo.

«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada».
¿Te has dado cuenta de que Jesús no pide directamente el fruto, sino que lo ve como consecuencia del «permanecer» unidos a Él?
Puede ser que también tú caigas en el error en que muchos cristianos se encuentran: activismo, activismo, obras y obras por el bien de los demás, sin tiempo para considerar si están en todo y por todo unidos a Cristo.
Es un error. Parece que damos fruto, pero no es el fruto que Cristo en ti y Cristo contigo podría dar.
Para dar un fruto duradero, que tenga el sello divino, es necesario permanecer unidos a Cristo, y cuanto más unido estés a Él mayor fruto darás.
Además, este verbo usado por Jesús, «permanecer» no da tanto la idea de momentos en los que se da fruto, sino de un estado per­manente de fecundidad.
De hecho, si conoces a personas que viven así, verás que, quizás con una simple sonrisa, con una palabra, con el comporta­miento normal de cada día, con su actitud ante las distintas situaciones de la vida, a veces tocan los corazones hasta hacerles encontrar a Dios de nuevo.
Los santos han sido así. Pero nosotros no tenemos que desanimamos, porque los cristianos normales también pueden dar fruto. Escucha.

Tú sabes que hoy en día, el mundo estudiantil está muy politizado y deja poco lugar a los que quieren ser útiles a la humanidad, partiendo de otras motivaciones.

Estamos en Portugal. María del Socorro, terminado el bachiller, ha comenzado la universidad. El ambiente es difícil. Muchos de sus compañeros luchan siguiendo su propia ideología, y cada uno quiere convencer a los estudiantes que aún no se han pronunciado.
María sabe bien cuál es su camino, aunque no sea fácil explicarlo: seguir a Jesús y permanecer unida a Él. Sus compañeros, que no conocen nada de sus ideas, la consideran indefinida y sin ideales. En alguna ocasión ha sentido respeto humano, sobre todo al entrar en la iglesia. Pero ella sigue yendo allí, porque siente que tiene que permanecer unida a Jesús.
Se acerca la Navidad. María se da cuenta de que entre ellos hay algunos que no pueden ir a su casa, porque viven lejos, y propone a los demás compañeros hacer juntos un regalo a los que no se pueden marchar. Con gran sorpresa por su parte todos aceptan enseguida.
Más tarde llegan las elecciones y, otra gran sorpresa: eligen a María como representante de su curso. Pero el estupor es mayor aún cuando le dicen: «Es lógico que te hayamos elegido, porque eres la única que tiene una línea precisa, que sabe lo que quiere y cómo hacer para realizarla». Ahora algunos se han interesado por su ideal y quieren vivir como ella.
Un buen fruto de la perseverancia de María del Socorro en el permanecer unida a Jesús.

Chiara Lubich

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