PALABRA DE VIDA JUNIO DE 2010

PALABRA DE VIDA
Junio 2010

«El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que por causa mía la pierda, ése la salvará». (Mt 10,39)
Al leer esta Palabra de Jesús se ponen de relieve dos tipos de vida: la vida terrenal que se construye en este mundo y la vida sobrenatural dada por Dios a través de Jesús, vida que no acaba con la muerte y que ninguno puede quitarnos.

Ante la existencia, por tanto, se pueden tener dos actitudes: o apegarse a la vida terrenal, considerándola como el único bien y esto nos llevará a pensar en nosotros mismos, en nuestras cosas, en nuestras criaturas; nos encerraremos en nuestro caparazón, afirmando solo nuestro yo y nos encontramos como conclusión al final, inevitablemente, sólo la muerte. O bien, de modo diferente, creyendo que hemos recibido de Dios una existencia mucho más profunda y auténtica, tendremos el valor de vivir de manera que podamos merecer este don, hasta el punto de sacrificar nuestra vida terrenal por la otra.

«El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que por causa mía la pierda, ése la salvará».

Cuando Jesús dijo estas palabras pensaba en el martirio. Nosotros, como cualquier cristiano, para seguir al Maestro y permanecer fieles al Evangelio, debemos estar dispuestos a perder nuestra vida, muriendo – si es necesario – aunque sea de muerte violenta y con la gracia de Dios se nos dará con ésta la verdadera vida. Jesús fue el primero que «perdió su vida» y la encontró glorificada, Él nos advirtió que no temamos «a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma».

Hoy nos dice:

«El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que por causa mía la pierda, ése la salvará».

Si lees atentamente el Evangelio verás que Jesús vuelve sobre este concepto al menos seis veces. Esto es para demostrar la importancia que tiene y en qué consideración lo tiene Jesús.
Pero la exhortación a perder la propia vida no es para Jesús solamente una invitación a soportar el martirio. Es una ley fundamental de la vida cristiana.

Es necesario renunciar a hacer de uno mismo el ideal de la vida, a renunciar a nuestra independencia egoísta. Si queremos ser verdaderamente cristianos debemos hacer de Cristo el centro de nuestra existencia. Y ¿qué quiere Cristo de nosotros? El amor a los demás. Si hacemos nuestro este programa suyo, habremos perdido nuestro yo y habremos encontrado la vida.

Y este no vivir para sí, no es ciertamente, como alguno puede pensar, una actitud de renuncia y pasividad. El compromiso cristiano es siempre bastante grande y su sentido de responsabilidad es total.

«El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que por causa mía la pierda, ése la salvará».

Ya desde esta tierra se puede hacer la experiencia de que en el don de nosotros mismos, en el amor vivido, crece en nosotros la vida. Cuando hayamos pasado nuestra jornada al servicio de los demás, cuando hayamos sabido transformar el trabajo cotidiano, quizás monótono y duro, en un gesto de amor, experimentaremos la alegría de sentirnos más realizados.

«El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que por causa mía la pierda, ése la salvará».

Si seguimos los mandamientos de Jesús que están todos fundamentados en el amor, después de esta breve existencia encontraremos también la vida eterna.

Recordemos cuál será el juicio de Jesús el día final. Él dirá a los que están a su derecha: «Venid, benditos… porque tuve hambre y me disteis de comer…; era forastero y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis…»...

Para hacernos partícipes de la existencia que no pasa, mirará únicamente si hemos amado al prójimo y considerará hecho a Él lo que hayamos hecho al prójimo.

¿Cómo viviremos, entonces, esta Palabra? ¿Cómo perderemos desde hoy nuestra vida para encontrarla?

Preparándonos al gran decisivo examen para el que hemos nacido.

Miremos a nuestro alrededor y llenemos el día de actos de amor, Cristo se nos presenta en nuestros hijos, en nuestra esposa, en nuestro marido, en los compañeros de trabajo, de partido, de diversión, etc… Hagamos el bien a todos. Y no olvidemos a los que conocemos cada día por los periódicos, a través de amigos o por la televisión…

Hagamos algo por todos, según nuestras posibilidades, y cuando éstas nos parezca que se han agotado, podremos aún rezar por ellos. Es amor que vale.

Chiara Lubich

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