PALABRA DE VIDA MARZO DE 2009

«Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre Él os lo concederá»

(Jn 16, 23).

El espectáculo más absurdo que puedes observar en este mundo es, por una parte la presencia de hombres desorientados, siempre en busca de algo, que, en las inevitables pruebas de la vida, sienten con angustia la necesidad de ayuda y el sentimiento de orfandad, y, por otro lado la realidad de Dios, Padre de todos, cuyo mayor anhelo es usar su omnipotencia para satisfacer los deseos y las necesidades de sus hijos.

Es como un vacío que reclama ser llenado. Es como un lleno que pide un vacío. Pero no se encuentran.

La libertad de la que el hombre está dotado puede causar también este daño.
Pero Dios no cesa de ser Amor para los que lo recono­cen.
Escucha lo que dice Jesús:

«Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre Él os lo concederá».

Aquí tienes una de esas palabras ricas en promesas que, de vez en cuando, Jesús repite en el Evangelio. A través de ellas te enseña, con matices y explicaciones distintas, cómo obtener lo que necesitas.
(…)
Sólo Dios puede hablar así. Sus posibilidades son ilimitadas. Tiene en su poder todas las gracias: las de esta tierra, las espirituales, las posibles y las imposibles.
Pero, escucha bien.

El te sugiere «como» tienes que presentarte al Padre para pedírselas. Dice: «en mi nombre».
Si tienes un poco de fe estas tres breves palabras tendrían que darte alas.

Mira, Jesús, que ha vivido entre nosotros, conoce las infinitas necesidades que tienes tú y que tenemos todos, y siente pena por nosotros. Y por eso, en la oración se ha puesto Él de intercesor y es como si te dijese: «Ve al padre de mi parte y pídele esto y esto y después aquello». Él sabe que el Padre no puede decirle que no. Es su hijo y es Dios.

Tú no vas al Padre en tu nombre, sino en nombre de Cristo. El embajador, como se suele decir, es sólo un mensajero.

Cuando vas al Padre, en nombre de Cristo, actúas como un simple mensajero.

Los asuntos se resuelven entre los dos interesados.

Así es como rezan muchos cristianos que podrían dar testimonio de las innumerables gracias que han recibido. Son una demostración de que la paternidad de Dios, atenta y amorosa, cuida de ellos cada día.

«Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre Él os lo concederá».
Pero puede ser que ahora tú me digas: «He pedido y pedido en nombre de Cristo, y no he obtenido».
Puede ser. Te decía más arriba que Jesús, en otros pasajes del Evangelio en los que invita a pedir, da más explicaciones que quizá se te han escapado.

Dice, por ejemplo, que obtiene quien «permanece» en Él, que quiere decir en su voluntad.
(…)

Puede ser que tú pidas algo que no forma parte del designio que Dios tiene para ti, y por tanto Él no lo vea útil para tu existencia en la tierra o en la otra vida, o incluso lo considere perjudicial.
¿Cómo te va a escuchar Él, que es tu padre, en estos casos? Te engañaría. Y esto no lo hará nunca.
Entonces será útil que, antes de orar, te pongas de acuerdo con Él y le digas: «Padre, yo te pido esto en nombre de Jesús, si crees que es bueno».

Y si la gracia que pides forma parte del plan que Dios -con su amor- ha pensado para ti, se cumplirá la palabra:
«Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre Él os lo concederá».
También puede ser que tú pidas gracias, pero que no tengas la más mínima intención de adecuar tu vida a lo que Dios te pide.
¿Te parecería justo que Dios te escuchase también en este caso? Él no quiere darte sólo un don, sino la felicidad plena. Y ésta se obtiene tratando de vivir los mandamientos de Dios, sus palabras. No basta con pensar en ellas, ni siquiera con meditarlas, hay que vivirlas.
Si haces así, lo obtendrás todo.
En conclusión: ¿quieres obtener gracias?
Pide cualquier cosa en nombre de Cristo, atendiendo antes que nada a su voluntad, con la decisión de obedecer la ley de Dios.
A Dios le hace feliz conceder gracias; pero somos nosotros los que, por desgracia, le cerramos las manos la mayoría de las veces.
Chiara Lubich

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